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Cuando algo preocupa en el desarrollo de un niño, lo primero que aparece es una forma de nombrarlo desde lo que se ve: sensorial, lenguaje, atención, conducta, aprendizaje, regulación.
Y a partir de ahí, la recomendación suele ser trabajar esa área en específico.
Tiene lógica. Es la forma más común de entenderlo.
Pero muchas veces, eso no alcanza a explicar lo que realmente está ocurriendo.
En la vida diaria, estas áreas no operan por separado:
Un niño no se comunica sin atención.
No regula su conducta sin regular lo que siente.
No aprende sin percibir, comprender y organizar lo que vive.
Todo ocurre al mismo tiempo.
Por eso, lo que aparece como una dificultad específica no siempre es el origen, sino la forma en que la organización del desarrollo se está manifestando.
“Le cuesta hablar” o “no se comunica con claridad”
Cuando comunicarse no fluye como se espera, no siempre se trata solo de palabras. También puede estar participando cómo se mueve, cómo comprende el mundo, cómo organiza lo que quiere decir y cómo sostiene la interacción.
“No pone atención” o “se distrae mucho”
Cuando parece que no logra enfocarse, muchas veces no se trata solo de poner atención, sino de cómo filtra lo relevante, regula su activación y organiza su acción.
“Reacciona de forma intensa” o “evita ciertas experiencias”
Cuando el entorno abruma, distrae o parece no registrarse lo suficiente, conviene mirar cómo procesa lo que percibe y cómo responde a ello.
“Hace berrinches” o “no se regula”
Cuando las emociones lo rebasan, no siempre basta con pedirle que se calme. También importa cómo siente, da sentido a lo que vive y logra recuperarse.
“Le cuesta aprender”
Cuando aprender se vuelve más difícil de lo esperado, no siempre basta con mirar el rendimiento o aumentar las clases. También importa cómo comprende, organiza la información, planifica y sostiene el esfuerzo.
En muchos casos, no se trata de una sola dificultad. Se trata de cómo se están articulando los procesos que permiten percibir, actuar, pensar, relacionarse y aprender. Por eso, antes de decidir cómo intervenir, conviene comprender con mayor claridad qué está participando en lo que ocurre.
En Takumi, partimos de esta lógica. Buscamos comprender qué está ocurriendo en el desarrollo de cada persona y qué necesita construirse para que pueda avanzar con mayor claridad.
A partir de ahí, diseñamos el acompañamiento.
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